Nivel 3
Me daban las gracias por algo que no recordaba haber hecho.
La vibración me sube por las piernas, me entra en las costillas y me desordena la respiración. No hay cuenta atrás visible, solo un murmullo grave que hace temblar el pasillo.
La luz blanca se estira y se contrae, como si alguien respirara por mí. Yo camino deprisa porque todos caminan deprisa.
—¿Por qué nadie me mira como a una desconocida? Todos me miran como si me hubieran estado esperando.
—Gracias —me dice una mujer con un niño pegado a la cadera—. Gracias por todo.
No sé por qué, pero sonrío como si lo supiera y asiento mientras el niño me levanta la mano con un gesto de aprobación con el pulgar; yo le respondo con el mismo gesto sin saber muy bien por qué lo hago.
El pasillo huele a metal caliente y plástico nuevo, al doblar una esquina un soldado me ve y se cuadra. No es un gesto ruidoso, pero el aire alrededor se tensa como si el pasillo se pusiera firme con él.
—Señora.
No reconozco el rango que me atribuye, así que hago lo que haría cualquiera cuando no entiende: imito, junto los talones, coloco la mano cerca de la sien y suelto una risa mínima, lo justo para que parezca natural.
Sigo andando y otro militar se cuadra también, como si mi cuerpo fuese una orden; yo respondo igual. Si alguien me preguntara a dónde voy, diría —a donde van todos— pero nadie me pregunta. En el camino, encuentro un panel pulido que me devuelve a una Clara sin maquillaje, con ojeras recientes; llevando un mono gris que no es mío y que me queda tan ajustado como si lo hubieran cosido sobre mi cuerpo. Me acerco al reflejo y, en el pecho, bordado con hilo dorado leo:
ARQUITECTA DE COHESIÓN
Lo repito en silencio. Me gusta cómo suena, como si me organizara por dentro, pero no sé qué significa. No sé si es una broma o una condena. Aun así, me gustaría que me llamaran así —pienso—, aunque no recuerde haber construido nada.
—Arquitecta —me saluda un hombre mayor con la barba recortada y los ojos encharcados—. A mi hija… —se le rompe la voz—. Gracias.
Le pongo una mano en el antebrazo; los dedos me tiemblan, no sabría decir si es por miedo o por esa vibración que se ha metido en los huesos. No entiendo por qué me dan las gracias, ni qué les prometí, ni siquiera si llegué a cumplirlo.
La señalización del techo me guía hacia CRÍO—N1. A cada tramo, un cartel amarillo: PELIGRO, PROHIBIDO EL PASO, SOLO PERSONAL AUTORIZADO. En el suelo, líneas negras y amarillas que se iluminan con el paso de la gente.
Las puertas del módulo de crío-sueño al que llegué eran enormes, con unos cristales amplios como las ventanas de una catedral y detrás, un resplandor azul que parecía venir de un líquido luminoso.
Dos técnicos hablan entre ellos sin mirarme, con esa rapidez de quien ya no piensa, solo hace. Entreabren la primera puerta y el aire del otro lado se siente limpio de olores, y frío, pero no es hostil. Doy un paso y el sonido grave del despegue —si es
que despegar es esto— se vuelve más grave, más profundo, como si se hubiese metido en el estómago de la nave.
—Arquitecta —me dice un técnico joven mientras me coloca un brazalete—. Pase por aquí, por favor.
—¿Siempre… es así? —pregunto. No sé a qué me refiero: al ruido, a las puertas, al brazalete o a la palabra bordada en mi pecho.
—Hoy sí —responde—. Hoy todo es distinto.
Me gustaría preguntarle qué significa “distinto”, pero una pantalla a mi izquierda decide que no es el día de las preguntas: despliega mi nombre —Clara— y debajo, un esquema que no sé leer. Aun así, algo en mi cuerpo actúa como si comprendiera el procedimiento.
Sigo al técnico, atravesamos un pasillo pequeñísimo, apenas un umbral, y entramos en un cuarto separado del gran salón donde se alinean centenares de cápsulas idénticas como peces durmiendo.
Mi cuarto no se parece al de todos, es más alto y limpio de cables visibles. Mi cápsula no tiene el borde blanco de las demás; es una cuna de vidrio grueso, con una junta oscura y una hebra de números rojos pasando a toda velocidad.
Alrededor, símbolos que no había en el salón: BIORRIESGO, NO ABRIR EN DESPEGUE, RESTRICCIÓN DE ACCESO.
Vuelvo a mirar las puertas: otra vez los cristales, otra vez los pictogramas de PROHIBIDO EL PASO, y de repente siento que estoy exactamente en el lugar donde no debería estar, o eso creía.
El técnico mira un panel lateral:
—Para que lo sepa —me dice—, la cápsula del otro Arquitecto ya está en funcionamiento. Está estable y controla el sesenta por ciento del crío-sueño.
Me giro y a través de un ventanal estrecho, en la sala contigua, veo una cápsula idéntica a la mía. Dentro, un hombre duerme, no noto el aliento, pero el vaho en el vidrio dibuja un ritmo que coincide con el mío. A la derecha, en una tercera bahía, una cápsula gemela que permanece vacía. Es idéntica a las otras dos, con la misma junta oscura y los mismos números rojos corriendo por el borde, pero está fuera de servicio. Nadie la menciona.
—Es… diferente —digo, más para mí que para nadie.
—Sí —dice el técnico, y sonríe como se sonríe al borde de un secreto—. Por eso está aquí.
No sé si tengo miedo o curiosidad, pero me quito las botas y el suelo no está frío. La cápsula se abre sin ruido con un movimiento lento. Pongo la mano dentro y noto que el aire es más denso. Alrededor, la vibración sigue y el mundo entero parece concentrado en no caerse.
Una pareja de civiles asoma por el cristal de la puerta. Él levanta el pulgar y ella, con la mano sobre el corazón, me dice algo que no alcanzo a oír, pero se entiende igual: gracias.
—Arquitecta —dice un oficial en el umbral—, es un honor; se cuadra y yo le devuelvo el gesto, me río por lo bajo y, por un segundo, finjo que sé exactamente qué hago.
Arquitecta de Cohesión —repito en mi cabeza—. Me gusta.
Al subir a la cápsula, veo a mi derecha una pantalla con mis constantes vitales y, a la izquierda, otra con el tiempo estimado de despegue, los números corren hacia abajo en una cuenta atrás silenciosa. El interior es acolchado y el arnés se ajusta a mi cuerpo con precisión. Abajo, a la altura del codo, hay un botón rojo que no debería pulsar. Arriba, en el borde donde el vidrio va a cerrarse, hay una luz verde que parpadea.
—Respire hondo —me dice el técnico—. Si siente frío, es buena señal.
Obedezco. El aire entra en mis pulmones como si jamás hubiera tenido derecho a él. Cierro los ojos y, de pronto, me asalta algo que no sé de dónde viene: un olor a hospital y a limón, un murmullo y los escalones de una casa que ya no es mía.
Abro los ojos y la luz verde deja de parpadear. La cápsula desciende un milímetro, o tal vez es mi cuerpo el que cede. Un velo de vapor dibuja mi aliento en el vidrio. En algún lugar, una voz invisible empieza a contar, marcando un destino que aun no entiendo.
Tres.
Uno de los números rojos se detiene un instante, como si dudara antes de desaparecer.
Dos.
Me descubro pensando que podría acostumbrarme a que me llamaran así, aunque no sepa quién decidió ese nombre.
Uno.
Todo se encoge a mi alrededor, como si el mundo respirara dentro de mi pecho.
Cero.
Silencio.
Nivel 2
Aplaude una sola persona, luego otra. Después, el silencio vuelve a ser el del pasillo de un centro cívico a última hora de la tarde.
La mesa está llena de vasos medio vacíos, migas y hojas con tachones. Alguien se acomoda en la silla y el asiento protesta con un chirrido.
—Bueno —dice alguien al fondo—. No me esperaba… eso, Clara.
—Yo tampoco —respondo.
No es exactamente un club de lectura; es el club de escritura de Irene. He vuelto porque pensé que, si hablaba de algo que no fuera mi vida, quizá mi vida aprendería a respirar de nuevo después de la pérdida de Lucas.
Y también —aunque no lo diré en voz alta— por nostalgia. A veces la nostalgia es la única forma que tenemos de hacer las paces con el tiempo.
—Clara —dice Julia, la de los relatos de ciudades donde siempre llueve—. Es la primera vez que te pones a ti en primera persona. Siempre… ya sabes… antes siempre escribías de él…
No dice su nombre, nadie lo dice, pero se hace un silencio absoluto: todos pensaban en Lucas.
Asiento.
Irene, que nunca fuerza las puertas que no quieren abrirse, anota algo y deja el bolígrafo.
—Me ha gustado el cambio —dice—. Me ha sorprendido, y eso es raro, ya lo sabes.
—¿Arquitecta de…? —pregunta Carlos, con una sonrisa torpe—. ¿De dónde te ha salido ese título?
—No lo sé —digo, y me doy cuenta de que es verdad—. Me gusta cómo suena.
Hay preguntas sobre la nave, sobre por qué esa cápsula es distinta, sobre el porqué de las gracias, sobre qué significa cohesión. Yo me encojo de hombros y me escudo en la norma que Irene nos repite desde siempre: primero escribir, luego entender.
Cuando termina la sesión y las sillas vuelven a su cuadrícula habitual, me quedo un momento sola, con el cuaderno abierto. No tacho ni reescribo nada; solo miro mi letra extendiéndose por las hojas.
Me cruza un pensamiento absurdo que me descoloca: el otro arquitecto era Lucas, y ya estaba en su cápsula, sosteniendo el sesenta por ciento del crío-sueño cuando miré aquella sala contigua.
No le doy más importancia es solo un sueño.
Escribo una línea más, en el margen.
Estas historias vienen de mis sueños. Quizá por eso parecen tan reales.
Cierro el cuaderno. No sé si he despegado, si he pedido permiso a alguien para hacerlo o si me lo van a denegar cuando llegue el momento. Sé, eso sí, que he vuelto a escribir y que, por ahora, me alcanza.